Hay días en que las palabras no salen. Ni las palabras, ni las ganas, ni los sentimientos buenos.
Esos días podría caer un tsunami sobre tu ciudad y te daría igual, porque la apatía te consume.
¿Qué es peor, la apatía o los sentimientos negativos? Desde luego ninguna. Pero peor aun es una espiral de emociones, como una montaña rusa demasiado larga que te revuelve el estómago. Y, sin embargo, no puedes bajarte hasta que termine el trayecto.
Esos días parecen no terminar. Se alargan hasta el infinito y cuando por fin puedes meterte en la cama, pensando en dejar ese día nefasto atrás, no te duermes. La cabeza no deja de martillearte, los pensamientos te inundan amenazando con ahogarte si no sales de allí. Las lágrimas se desbordan empapándote la cara, la almohada... añaden un elemento más de incomodidad.
Si eres afortunado acabarás durmiéndote, acosado o no por sueños casi igual de terribles que tus pensamientos. Si eres afortunado, además de dormir, al día siguiente amanecerás con una sonrisa y todo aquello que hostigaba hasta el último rincón de tu alma parecerá una tontería. Te sentirás incluso avergonzado por haberte dejado llevar de esa manera.
Pero eso sólo ocurre si eres afortunado, o si tus días nefastos se presentan cada tanto. Si no eres afortunado, ese estado de apatía o de sentimientos negativos incontrolados te atrapan. Cada vez es más difícil salir. Te despiertas cada día deseando poder quedarte en la cama para siempre.
Cuando llegas a ese punto es difícil salir, pero no imposible. Aunque lo más fácil sería que el tsunami lo inundara todo.
~ôwô~
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